jueves, 8 de febrero de 2018

"La búsqueda por el sello propio"


Una de las partes de mi trabajo que más disfruto es cuando puedo seguir bien de cerca cada uno de los proyectos que recomiendo y comercializo. Verlos nacer, ser testigo de cómo crecen a medida que pasan los años, cómo se van poniendo sólidos y empiezan a ser más reconocidos entre los consumidores, y así van definiendo un camino. Sobre todo, disfruto de confirmar cómo lo que uno charla con cada productor se condice con las sensaciones al momento de degustar sus vinos; una relación que suele ser directa y que percibo cada vez con más frecuencia.

Cada día son más los productores que, más allá de desarrollar un proyecto que lógicamente pretenderá ser sustentable desde lo económico, ante todo privilegian la búsqueda del vino que sueñan, en vez de quizás optar por la comodidad de lo que podría ser un estilo puramente comercial. Así los llamo a aquellos vinos con un gusto más estándar, esos que cuando los pruebo me dejan la impresión de una película que ya vi y sé cómo va a terminar.


Hace algunos meses tuve la posibilidad de encontrarme con dos de esos pequeños productores que sigo con mucho placer. Quizás, observándolos de lejos, por sus orígenes o estilos, parecieran tener pocas cosas en común, pero esta actividad de constantes degustaciones y, sobre todo, de largas charlas me permite percibir todo lo contrario.

Tanto a Ale Martorell de Altupalka como a Mariana Onofri de Onofri Wines los conocí hace algo más de dos años, en sus comienzos y con apenas un par de etiquetas en sus respectivos porfolios. Cada uno por su lado, con un solo día de diferencia, eligieron la “cueva” para compartir respectivamente su primera vertical de tres añadas. Si bien este tipo de prácticas sirven para mostrarme el fiel reflejo del trabajo del hacedor y de lo que pudo haber influenciado el clima en cada año, también me deja una idea de lo que vendrá o hacia dónde va cada proyecto. Algo que siempre encuentro –y acostumbro a repetir– es que con los productores que trabajan y se ocupan por mejorar, todo lo nuevo siempre tiende a superar a lo anterior. Esto es lo que siento con Ale y con Mariana.

Recuerdo que en octubre del 2014 probé el Altupalka Malbec/Malbec 2013 en la plaza de Cafayate, acompañando unas empanadas en uno de esos tours enófilos que me llevó a los Valles Calchaquíes. Eso me motivó, ni bien regresé a Buenos Aires, a armar una reunión con Martorell, para conocer su historia. Así supe que optó por la altura de Molinos como el lugar de donde proviene parte de la fruta que utiliza para sus vinos y que para el asesoramiento en su proyecto eligió nada menos que a Roberto de la Mota. También conocí el entusiasmo que se le transluce cuando le toca hablar de su región. Por todos estos motivos, desde aquel momento siempre me interesó seguir de cerca sus lanzamientos. 
El viernes 8 de diciembre de 2017 volví a tener el placer de recibirlo en la cueva, esta vez con la idea de probar todos los vinos que llegaron al mercado hasta el momento, junto a algunos que están por llegar, y así fue que degustamos las siguientes etiquetas.

De la línea Altupalka Sauvignon Blanc (SB), 2014, 2015 y 2016 (recién salido al mercado):
Los SB de esta región de altura suelen destacarse por ser exuberantes, herbales, con ciertas notas más vegetales que recuerdan a espárragos, arvejas, que los hacen muy especiales y que claramente los diferencian de cualquier otro SB de altura de nuestro país. Como dice un periodista amigo, poseen un encanto que los hacen únicos entre los SB del mundo. Esas notas las encontré algo exacerbadas en el 2014; mientras que en la 2015, si bien estaban presentes, compartían más la paleta junto a algunas notas melosas, quizás de evolución, y frutales, que lo balanceaban. El 2016 lo encontré como el más equilibrado; tales aromas se percibían un poco más moderados: un vino más sutil y claramente más fresco. En lo personal, fue el que más me entusiasmó y creo que tendrá una buena vida en botella durante los próximos años.


De la línea Altupalka Malbec-Malbec, 2013, 2014 y 2015:
Esta línea combina malbec de dos zonas que por sus diversos atributos y características se complementan de manera excelente: Cafayate y Molinos. Quizás por ello no necesitó crianza en madera para entregarnos potencia, carácter y taninos. Lo más importante para mí es que posee una atractiva buena frescura. Aunque encontré un 2013 con cierta evolución, me resultaron mucho más interesantes los momentos que están atravesando las añadas más nuevas.


De la línea Altupalka Extremo, 2011, 2013, 2014 y 2015 (aún no está a la venta):
A diferencia de la anterior, esta línea sí posee unos 14 meses de crianza en barrica de roble, combinando diferente cantidad de usos. La percibo mejor cuando carga con algunos años en botella. Hoy es la 2013 la que está pasando un gran momento. La 2015, que saldrá aproximadamente en un año, creo que tiene un potencial y un equilibrio que prometen mucho; me arriesgo a anticipar que superará a las anteriores: a estar atentos.

Aún no habían pasado 24 horas de la visita de Ale, cuando el sábado 9, bien tempranito, recibí a Mariana Onofri, a quien cuando la conocí en el 2014 me había presentado solamente dos etiquetas: un dúo especial que lo componían un Pedro Ximénez (PX) de Lavalle (Zona Norte de Mendoza) y un blend blanco de alta gama, que combina fruta de Agrelo y Valle de Uco. Recuerdo que en aquel momento los cortes blancos con potencial de guarda todavía no estaban tan en auge como en el último año y medio. Era atípico debutar con una dupla de estas características, o al menos parecía muy difícil en términos comerciales. Sin embargo, en lo personal, ese comienzo me hablaba de un proyecto más que prometedor: me anticipaba el desafío de una productora que elige no caer en la comodidad que les comentaba al principio. No pasó mucho tiempo para que se le sumaran dos tintos criados en barrica: un cabernet franc y una garnacha. 


En esta nueva ocasión, Mariana aprovechó para volver a visitar la “cueva” y ahora sí mostrar sus tres primeras añadas del PX y un nuevo bonarda, también proveniente de Lavalle, que se suma a la línea Alma Gemela. Los vinos de la degustación con Mariana fueron los Alma Gemela Pedro Ximénez, 2015, 2016 y 2017.

Sensación de pureza, frescura y –por qué no– “seductora simpleza” en su expresión. Creo que el 2016 está transitando su mejor momento. El 2015 aún posee un poco más de peso y ganó complejidad en boca, algo llamativo porque no era un vino pensado para la guarda. Mariana me recordó que sólo en esa añada tuvo un pequeño aporte de crianza en barrica y evidentemente hoy le está dando una linda complejidad. El 2017 es exquisito, con esa tensión en boca que me hace acordar más a vinos de zonas frías, y no de un desierto de constantes altas temperaturas como es Lavalle. Vale aclarar que se trata de una zona siempre asociada a vinos de volumen, al igual que el Este mendocino. Mariana contó con detalle los minuciosos trabajos en el viñedo para conservar la acidez natural en la uva. 


Una sensación similar me dejó el nuevo Alma Gemela Bonarda 2017, bien seco y fresco, de taninos firmes, aún un tanto rústicos, que se redondearán en poco tiempo. A pesar de ello, hoy también me entusiasma: es el típico tinto gastronómico que no busca protagonismo, pero que puede adaptarse a diversos tipos de platos, especialmente de esos que nos acompañan diariamente. Este bonarda nació para acompañar al PX, y creo que nunca mejor elegido ese compañero, porque son dos de las cepas más plantadas en nuestro país, que lejos están de destacarse como variedades ideales para alta gama. Sin embargo, Mariana sabe sacar lo mejor de cada uno de esos jugadores, así como cuando un DT elige el puesto ideal donde el jugador se siente más cómodo, para lograr el mejor rendimiento de cada uno.

Para sus tintos de mayor gama, eligió acertadamente fruta de una zona de mayor altura, como es Los Chacayes (Valle de Uco). Allí nacen el Alma Gemela Garnacha 2016, que se destaca por poseer mayor estructura que las que actualmente hay en el mercado, y el Alma Gemela Cabernet Franc 2014, el cual conserva una vivacidad que lo hace parecer más joven. Eso me habla de la buena evolución que va a seguir teniendo ese vino, que además percibo bien seco. Para cerrar, probamos el Zenith Nadir 2015, un blanco que posiblemente se ubique entre mis diez preferidos. Cuenta entre sus componentes con un 35% de fiano, que creo que aporta un papel importante en la evolución en botella, sumando algo graso y buen desarrollo en el paso por boca.

Mariana busca en el desierto del norte mendocino y trabaja artesanalmente junto a Adán, viticultor y “su alma gemela”, como suele presentarlo ella. Ambos cuidan de manera especial planta por planta, para protegerla del sol y así conservar la mayor acidez natural posible. Mientras, tratan de revalorizar el patrimonio acumulado por los años de esos antiguos parrales de la zona de Lavalle.


Ale desafía la altura extrema de Molinos, lugar que ya conocemos por el carácter único que imprime la región, donde se cosecha “cuando la naturaleza lo permite”, ya que es precisamente durante los meses de verano cuando el agua de deshielo baja de la montaña y resulta un obstáculo en un momento clave como es la vendimia. Hace cuatro años decidía debutar con un desafiante SB, a pesar de que también tenía plantado torrontés, pero desde su nacimiento –por lo visto– ya aspiraba a diferenciarse.

Ambos siempre están buscando y evitando la zona de confort. Precisamente es eso lo que los distinguirá de sus pares cuando probemos sus vinos y encontremos aquello que los hace especiales. Algunos suelen decir que las personas pasan y los lugares quedan, pero ¿qué pasaría si no existieran estos emprendedores de empuje, de constantes desafíos? En definitiva, ellos son los que se esfuerzan para lograr lo mejor, o al menos lo que interpretan que será lo mejor. Me pregunto cuántos, en el mismo lugar, abandonarían ante el primer tropiezo, o se les agotaría la paciencia esperando aquel vino que tampoco nadie les asegura que algún día llegará.

También me pregunto qué sería de mí, consumidor, comunicador, vendedor y entusiasta del vino, si no pudiera compartir la cantidad de horas, experiencias y copas que me regalan cada uno de estos productores. Seguramente mi trabajo sería aburrido, o tal vez tampoco hubiera llegado a elegirlo como tal, si me faltara esa “pata” que al menos para mí resulta crucial. Ni hablar de cuánto menos tendría para contarle a quien viene a mi “cueva”, que precisamente prefirió el “mano a mano” para conocer la otra parte de ese vino que tan especialmente eligió para beber.

La diferencia está en poder interpretar hasta que mis propios umbrales me lo permitan, o poder encontrar además aquello que logra conectar a otros sentidos, a un momento, al corazón. Los umbrales se pueden mejorar con la experiencia de probar y probar, pero para la conexión se necesita que siempre haya historias de personas involucradas.

Mientras tanto, me voy volviendo cada vez más fundamentalista de conocer a las personas y sus lugares. Estos últimos, por suerte, en nuestro país cada vez son más, y afortunadamente van entregando características de las más variadas. Por su parte, celebro a las personas que buscan, las del trabajo de hormiga, las de los resultados a largo plazo, las que piensan que la mejor cosecha es la que está por venir. Brindo por ellos, que trabajan para dejar una huella, por moldear un sello propio, para distinguirse. Hoy me tocó contarles sobre Mariana y Ale; por suerte estoy tranquilo, porque el grupo que más me gusta y elegí cada vez está más grande.































martes, 5 de diciembre de 2017

#EnPrimeurEnMrWines 2017



En esta nota quisiera compartirles mis impresiones sobre #EnPrimeurEnMrWines 2017, realizado el 7 de octubre pasado. La nueva edición del evento que organizamos en nuestra “cueva” tuvo, por segundo año consecutivo, el objetivo de probar los vinos de la cosecha para sacar algunas conclusiones más generales, que sobre todo tengan que ver con lo que fue su marcha durante el año.

En total se presentaron 85 muestras, lógicamente todas cosecha 2017. El 20% fueron vinos terminados, listos, que ya se encuentran en la góndola; mientras que el 80% restante se repartió entre algunos que estaban a punto de salir y otros que lo harán en un tiempo más, ya que hoy puede que estén transitando diversas fases de crianza (barrica, botella, huevo de concreto, etc.). La mayoría se mostró ya con un destino definido, aunque no faltaron también algunas muestras de investigación o posibles futuros componentes.



A diferencia de la edición 2016, casi se duplicaron el número de muestras participantes, y la cantidad de asistentes también se incrementó en un 25%. Vale destacar que la totalidad de ellos son habitúes de nuestro espacio, todos consumidores acostumbrados a asistir a ferias y degustaciones. En esta oportunidad, pudieron probar un promedio de entre 30/40 muestras cada uno, en el término de los 120 minutos.



Entre la totalidad de las muestras, el 80% fueron tintos, mientras que el resto se repartió entre blancos, rosados y espumantes. Vale señalar que disminuyó el porcentaje de este último grupo con respecto a la edición 2016. Quizás esto tenga relación con que ese año haya sido particularmente especial para aquéllos y no tan ideal para los tintos, con lo cual los productores se mostraron algo más tímidos, sobre todo para anticiparlos en aquella ocasión.




Desde temprano, en este 2017 los tintos cumplieron con un muy buen papel, que quedó demostrado en la degustación. En general, se percibieron con un gran balance entre expresión, concentración y frescura. De las 240 muestras que se descorcharon, sólo dos fueron descartadas porque no se encontraron óptimas, lo cual pudo haber tenido relación directa con un mal cierre del corcho.

Al igual que el año anterior, terminado el evento había una encuesta on line para que cada uno de los participantes respondiera. Mis conclusiones serán un resumen del resultado de esta encuesta, mi experiencia personal y, desde luego, el haber estado durante toda la jornada que superó las 14 horas, además de degustando, charlando tanto con los asistentes como con quienes se encontraban al frente mostrando los vinos que representaban. De los 35 productores que acercaron muestras para degustar, 12 lo hicieron mediante sus hacedores o bien un representante de la marca.



Uno de los puntos que me pareció interesante es cómo los concurrentes tenían el mismo interés tanto por probar un vino de un productor debutante como etiquetas ya consolidadas de reconocidas figuras de nuestra industria. Entre esos dos extremos, hubo de todo, porque si bien la cueva claramente es sinónimo de pequeños productores, no faltaron las grandes bodegas que mostraron futuros vinos de alta gama, aprovecharon la ocasión para presentar zonas no tan reconocidas, o explicar, por ejemplo, cómo pueden impactar los diferentes tipos de crianza (barrica o foudre) en el mismo vino.




A la pregunta de la encuesta de si se encontraba relación entre la información aportada por el productor y las muestras degustadas, la mayoría de las respuestas se repartieron entre “sí en general” y “en varias de las muestras”. Es llamativo que, al justificar las respuestas, muchos de los asistentes destacaron que aquellas muestras que degustaron de mano de sus representantes fueron las ideales para encontrar esa relación. Esto muestra lo relevante que es comunicar los vinos en forma directa: cuánto que ayuda a comprender mejor cuando al consumidor se lo guía. Si bien estoy de acuerdo en que el vino ante todo deba ser para disfrutar de un modo relajado, sin la necesidad de ser un experto en la materia, no me caben dudas de que ese consumidor “mejor educado” mañana priorizará su compra por conocimiento, experiencia y reconocimiento de calidad, y que no decidirá una compra sólo por la marca que lleve en su etiqueta, el tamaño de la botella o una oferta tentadora.



Cuando se trató de reconocer la zona, las respuestas ya no fueron tan claras. Sin embargo, en líneas generales estuvieron bastante cercanas a lo que podría haber imaginado. Las más reconocidas fueron Gualtallary y Paraje Altamira, sobre todo la primera. Recuerdo haber asistido, hace cinco años, a una cata a ciegas en la que participaron exclusivamente vinos de esos dos lugares, junto a profesionales del vino, y estuvimos muy lejos de percibir con tanta claridad la procedencia. Si seguimos a este ritmo de búsqueda, dentro de cinco años serán otras zonas las que también se vayan sumando a esta lista de las que podamos reconocer casi a ciegas (confío en Los Chacayes para que pueda sumarse a este grupo).



Al mismo tiempo, me alerta que haya otras zonas con destacadas particularidades y sobre todo historia, justamente en las afueras del Valle de Uco, y que directamente no nos ocupemos para identificarlas o, mejor dicho, reconocerlas por sus características mediante la degustación. Creo que tiene que haber más trabajo de comunicación de los productores locales, exponiendo los matices que nos pueden aportar diferentes lugares de Luján de Cuyo, Maipú o San Rafael. Menciono aquí sólo a las mendocinas, pero lógicamente que lo hago extensivo a todo el país. Los vinos provenientes de los Valles Calchaquíes corren, en este aspecto, con clara ventaja sobre todos, ya que a ciegas se los suelen identificar más fácilmente. Un próximo paso podría ser empezar a distinguir diferentes lugares dentro de nuestro NOA; confío en que esto ocurrirá: la camada que hoy está trabajando en la región va hacia la búsqueda de ello.




De la encuesta también extraje que para un porcentaje de los participantes es relativamente importante reconocer la zona. Me encantaría poder compartirles cada una de las justificaciones, por lo precisas que fueron en la mayoría de los casos. Ello refleja el interés de los consumidores por el reconocimiento. Quiero aclarar que la mayoría no era profesional que trabaja en la industria; eran consumidores, pero con mucha madurez como tal, por lo visto.


Por mi experiencia de conocer desde hace rato ambos lados del mostrador, me animo a decir que a veces no encuentro esa madurez en la propia gente que se desempeña en la industria. No hablo de técnicos, por supuesto. Trabajes en el puesto que trabajes dentro de la industria, así seas el CEO de una multinacional o el vendedor que camina día a día la calle, tenés que ser una persona entusiasta del vino, apasionado por él, tener una clara lectura frente a una góndola, y sobre todo capacidad para pensar siempre como un consumidor. Eso precisamente se logra comprando y probando mucho vino, y si es a ciegas, con los pares o en competencias, mucho mejor, para así comparar y analizar. En definitiva, me refiero a la importancia de capacitarse en el conocimiento del vino de igual manera, o más, que en la especialización o área en la que le toque desempeñarse.



Casi un 84% dijo que reconocería la variedad en sólo algunos casos. Como consumidor me siento identificado con ese grupo también. Increíblemente creo que estuvimos muchos años tomando vinos que no reflejaban de modo claro las variedades; perdimos años de práctica, de capacitación en ello. Cuando se puso de moda la varietabilidad en los vinos, el estilo o el perfil que perseguían los productores tuvo más peso que respetar la tipicidad varietal en sí. La concentración y la sobreextracción poco colaboraron a que pudieran percibirse diferencias marcadas entre las variedades. Es una suerte que cada día estemos más lejos de aquello, y hoy cada cepa, cada lugar y, en algunos casos hasta cada finca, sea tratada para sacar lo más puro de ella. Esa sutileza se empieza a percibir, y es todo un ejercicio, el de probar, reconocer, recordar…




Hubo dos preguntas que debían responder únicamente quienes asistieron a ambas ediciones del #EnPrimeurEnMrWines (2016 y 2017), es decir, de 44 personas que venían respondiendo, en estos casos sólo respondieron la mitad, un número considerable, de todos modos. La pregunta tenía que ver con la comparación de calidad en los blancos y en los tintos respectivamente, comparando las diversas añadas. En ambos casos fue relativamente alto el porcentaje que indicó que encontraron claras diferencias. Esta respuesta tan definida es la que, como organizador, disfruto de encontrar.

Se resaltó que los blancos de la 2016 habían sido superlativos, de frescura incomparable, quizás más austeros en aromas pero de mayor fineza y tensión en boca; en cambio, a los 2017 los encontraron más expresivos, con algo más de equilibrio, sabor y volumen en boca. En el 2017 los tintos también fueron claramente más expresivos, más intensos, más jugosos, más redondos; mientras que la edición 2016, tan especial, nos había entregado tintos algo más tímidos en aromas y notoriamente más livianos en el paso por boca.




Todo da para pensar que, en líneas generales, esta 2017 será mucho mejor en cuanto a calidad, algo que quienes estamos cerquita pudimos escuchar de los propios protagonistas desde el día 1 de la cosecha. Hoy, con el #EnPrimeurEnMrWines, empezamos a confirmar que ello fue tal cual así.
Se trata de mirar hacia atrás, observando el presente, imaginando y planificando de alguna manera el futuro, sobre todo para no repetir los errores del pasado. Así, mientras se camina, se va construyendo nuestra historia vitivinícola, algo que tanta falta nos hace, porque lugar, clima y ganas tenemos de sobra. Mientras, reconocemos cuánto crecimos en pocos años, algo que a medida que nos alejemos en el tiempo se notará más notorio. Resalto, desde luego, la fortuna de vivirlo desde este lugar privilegiado que nos tocó de consumidores. Sostengo, cada día más, que ello debe ser con la misma responsabilidad que deben tener quienes lo producen o ya son parte del mercado, porque también somos un eslabón muy importante en este crecimiento de la industria: mientras nosotros probemos y aprendamos cada día más, podremos demandar más calidad en cada uno de descorches que hagamos.




La forma de ayudar a subir la vara de la calidad es ser cada vez más exigentes. Este escenario que describimos, el #EnPrimeurEnMrWines, es simplemente esa posibilidad de brindar más horas de vuelo a nuestros paladares, que sin dudas siempre son fundamentales para seguir creciendo.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

“San Pablo, buen presente y mejor futuro”


Siempre con intenciones de empezar a conocer los lugares donde nacen los vinos que bebemos, en esta oportunidad decidí elegir uno para poner el foco, profundizar en las características que lo distinguen, compartirlas con ustedes, y sobre todo tratar de relacionar el lugar con los vinos al momento de degustar, y así lograr entender mejor de qué manera pueden influenciar cada uno de éstos en los vinos. Es un tema que no hace muchos años poco y nada teníamos en cuenta, y que en lo personal considero que es el paso que debe dar nuestra viticultura para seguir creciendo; para ser más preciso, ello consistiría en explotar la diversidad que nos pueda aportar nuestra inmensa y rica geografía, y dejarla expresada con la mayor claridad posible a través de los vinos. Esto nos hará crecer sobre todo a nivel país y de esa manera, en el futuro, el mundo nos podría empezar a reconocer más allá que por la calidad de nuestros malbec, como es hoy, por cada uno de los diferentes lugares que dan origen a los vinos.





El lugar que elegí para desarrollar es San Pablo (SP), ubicado en la zona más alta del departamento de Tunuyán dentro del Valle de Uco. Recordemos que el Valle de Uco se encuentra al sudoeste de la ciudad de Mendoza con una superficie plantada de 30.000 has, formado por la Cordillera frontal y la región de las Huayquerías; la altitud varía desde los 900 a 1.700 msnm, y los otros dos departamentos que lo forman son Tupungato y San Carlos.






Producto de la altura y la cercanía a la Cordillera, en general la región se caracteriza por inviernos rigurosos, veranos con días templados tirando a cálidos, sobre todo con noches bien frías. Esa amplitud térmica favorece a una muy buena producción de color y taninos en las uvas, lo cual permite disponer de materia prima ideal para obtener vinos de alta calidad con aptitudes especiales para una crianza más prolongada.


En la última década muchas bodegas que nacieron en otras zonas con mucha historia vitivinícola de Mendoza, como Luján de Cuyo o Maipú, se inclinaron por el Valle de Uco para obtener sus vinos de mayor calidad, en un principio seleccionando sólo sus fincas. En la actualidad varias han instalado en el lugar un segundo establecimiento exclusivo para la alta gama; zonas como Gualtallary o Paraje Altamira son claros ejemplos de las más renombradas hoy. Por suerte, están cada día más lejos de ser las únicas; de hecho, hoy mi elegida es SP, y no fue al azar. La decisión está fundada en haber bebido estos últimos años e identificado ciertas características que me agradaron de manera especial, y que además me hicieron pensar en un gran potencial de la región.


                                          



SP se inicia al pie de la Cordillera frontal y se extiende hacia el sureste con una pendiente natural; sus suelos son producto de materiales de la Cordillera, trasladados y depositados por el viento y por el agua. Enmarcado entre dos importantes cursos de agua de la zona, como son el Río Las Tunas y el Arroyo Villegas, muestra una distribución de suelos jóvenes que van de limos y arenas finas a conglomerados de medios a gruesos. Los suelos en promedio son más profundos y más homogéneos en profundidad que en zonas vecinas. El contenido de calcáreo también tiende a ser menor, pero más homogéneo. SP abarca una superficie aproximada de 5.300 has y, para agregar un dato más, se ubica dentro del distrito de Los Árboles.

Debo confesar que la primera vez que escuché hablar a alguien del lugar con mucho entusiasmo fue a Sebastián Zuccardi en un almuerzo que coincidimos casualmente en Mendoza a principios del 2013. Él contaba sobre la altura, recuerdo como si fuera hoy aquella charla en la que resaltaba lo extremo del clima, las bajas temperaturas. Y hoy vuelvo, casi como retomando aquella conversación, como si el tiempo no hubiera pasado, pero con más de una docena de vinos degustados recientemente de diferentes productores para compartir aquí.
La altura en SP va de 1.100 a 1.700 msnm. Como sabemos, la altura es una de las variables que inciden para las bajas temperaturas, y más aún en un lugar particularmente muy abierto; si la comparamos con el resto de las regiones del Valle de Uco, su promedio de T° es el más bajo de todas. Incluso, a pesar de estar tan cerca y tener bastante en común con su vecino Gualtallary, SP tiende a ser más húmedo, lo cual colabora a esas condiciones extremas provoquen que a la vid le cueste más tiempo en alcanzar la maduración azucarina (futuro alcohol) y polifenólica (taninos y color). Por tal motivo esta zona originalmente fue pensada para base de espumantes o variedades de ciclo vegetativo más corto como algunas blancas precisamente de climas fríos. Otra particularidad que tiene es una pendiente algo más marcada sobre todo en la parte más alta, en pocos metros de distancia las alturas pueden variar de 1.200 a 1.400 msnm, por ende, la temperatura promedio también.
A pesar de todas esas adversidades, hubo productores que no dudaron en plantar algunas tintas, aunque para ello tuvieron que adaptarse con sus trabajos a las condiciones del lugar. Por ejemplo, en la altura de SP un malbec tarda casi 30 días más en madurar que en sus vecinas Altamira y Gualtallary. Mientras que en estas últimas hay que practicar una viticultura para evitar la sobremadurez, en SP hay que trabajar especialmente para alcanzarla. Eso me decía Seba Zuccardi mientras probaba su Polígonos del Valle de Uco Malbec San Pablo 2015, con una nariz que me recordaba mucho más a hierbas silvestres que a la concentración de fruta roja o negra característica de otros vinos del valle. De igual manera, su intensidad colorante me llevaba más a la de un pinot noir, que al profundo de cualquier otro par. Esto último es producto de extracciones bien moderadas que prefiere practicar Seba, lo cual considera ideal para lograr la expresión más franca aclara. Recuerdo haber encontrado matices un tanto similares cuando probé hace un año los Island, los vinos personales de Ariel Angelini, que nacen también en la región.

Los suelos en SP pueden combinar arena, caliche y piedras cubiertas de carbonato de calcio pero de un tamaño mediano, en comparación menor a las que solemos encontrar en Paraje Altamira. Ya conocemos también de esa sensación de textura en boca que suelen aportar este tipo de suelos; Seba aclara que ésta, más una parte de racimo entero que utiliza al momento de la vinificación, suman a darle más boca a su malbec, que como aclaramos naturalmente tiende a nacer con un alcohol más bajo.


Hasta aquí la interpretación de uno de los hacedores que más me motivó a elegir esta zona. Ahora bien, de igual manera que tratamos de hablar de la riqueza en nuestra geografía, lo quiero cruzar con la diversidad de interpretación de cada uno de los productores. Otro vino del lugar que también me gustó fue Las notas de Jean Claude de Bodega Tapiz, una de las grande bodegas que tempranamente llegaron . Éste no tiene absolutamente nada que ver en estilo al que describimos anteriormente; un vino con un 91% de merlot de SP (1.350 msnm); evidentemente Jean Claude Berrouet, quien se desempeñó durante 30 años como director de Cháteau Pétrus, y asesorando para esta etiqueta de Bodega Tapiz, también fue seducido y creyó en el potencial del lugar para elaborar un vino que por su fineza, firmeza en boca y complejidad, se ubica claramente en otro nivel entre la media de nuestros alta gama. Quizás, a ciegas, resulte muy difícil descubrir su origen. Pero esa bella frescura que encontré en ambos vinos, producto de la acidez natural que imprime el lugar, colaboran a que mientras al desnudo el Polígonos se mostró sumamente característico, al tope de gama de Tapiz le otorgue una cuerda para seguir desarrollándose y acomplejándose por bastante tiempo más, a pesar que ya cuenta con cinco años encima.


Casualmente mientras preparaba este informe, coincidió la oportunidad de probar muestras 2017 para futuros vinos de alta gama que me acercó Roberto Romano de Barroco. Fue una tanda de 10 vinos, en la que otra vez se me presentó la oportunidad de comparar un malbec de SP en similar instancia con dos de zonas vecinas como Gualtallary y Los Chacayes. Si bien en este caso a la vista eran todos de aspecto bastante similar, en boca claramente al de San Pablo le encontré taninos más suaves y más amables que a los otros dos, y nuevamente aparece esa sensación de seductora fluidez que colabora al largo de boca. Romano me anticipaba que sólo el de Gualta y Los Chacayes seguirán su crianza en barrica; al de SP sólo le espera tiempo en botella. Me parece muy acertada decisión para no perder esa sutileza que lo distinguió de los otros. Un comentario aparte: en lo personal, me dio felicidad distinguir claramente cada uno de los lugares, y no saber cuál elegir, porque todos estaban bárbaros.


La tanda de vinos seleccionados para probar y seguir sacando conclusiones fue la siguiente:

̶ Salentein San Pablo Single Vineyard Chardonnay 2013 Plot N°2
̶ Salentein San Pablo Single Vineyard Pinot Noir 2012
̶ Diego Rosso Pinot Noir 2010
̶ Trivento Golden Reserve Pinot Noir 2016
̶ Polígonos del Valle de Uco San Pablo Malbec 2014
̶ Polígonos del Valle de Uco San Pablo Malbec 2015
̶ Tupun Reserve Single Vineyard Malbec 2014
̶ Diego Rosso Malbec 2010
̶ Trivento muestra de Malbec 2016
̶ Trivento muestra de Malbec 2017
̶ Tupun Singular (Malbec/Cabernet Franc) 2014




Si bien todos fueron elaborados con fruta proveniente de SP, claramente los hubo en diversos estilos: con mayor, menor o nula presencia de madera; con diferente tiempo de crianza, más o menos maduros. Pero hubo un denominador común a todos y fue esa frescura que venimos resaltando desde el comienzo; porque no sólo la encontramos fácilmente en los vinos de perfil más calcáreo, como fue el caso del Polígonos, sino también en los más evolucionados, maduros y con más aromas de crianza en roble, como fueron los casos del SV Pinot Noir y el SV Chardonnay de Bodega Salentein.



Aromas a hierbas silvestres, florales y fruta tirando a ácida se compartieron tanto en las tres muestras de Trivento como en las de Tupun, y a pesar de todos poseer crianza en madera, y que se percibió en las cinco muestras, pero que no opacaron en ningún caso las características mencionadas. Allí, además, me permite percibir una sensación de buen futuro, porque estoy seguro de que tienen mucho por delante el Singular y las muestras de Trivento. Manuel Pelegrina, dueño de Tupun, me decía: “cuando en la bodega catamos diferentes añadas de las diversas fincas, con el tiempo en botella, suelen ser los de SP los que siempre se destacan porque tienden, además de crecer con la guarda, a sentirse siempre jóvenes”. Confirmo esa apreciación cuando tomo el Malbec de Rosso con 10 años encima, y veo que está transitando un gran momento, ya que combina complejos aromas terciarios, pero muy bien sostenidos con toda la fluidez típica de un vino joven, combinación ideal.


En algunas charlas que tuve, todos los productores hablaron de la belleza de SP, algo que pareciera ser menor, pero cada vez más coinciden en que estos lugares tan especiales cuentan con un paisaje único, y con una postal que los diferencia a primera vista de cualquiera de sus zonas vecinas, de igual manera como luego ocurre cuando los empezamos a descubrir degustando sus vinos.


Precisamente le pregunté a Germán di Césare, enólogo de Bodega Trivento, sobre qué percibía él cada vez que llegaba al lugar, y me comentó algo así: “es un zona que me encanta visitar. Desde bodega Salentein llegás subiendo por la calle San Pablo, siguiendo por una huella de tierra te empezás a encontrar al costado del camino con chañares, jarillares, algo de zampa, y hasta tomillo silvestre, que cuando lo pisás te sentís rápidamente rodeado por su perfume; esos viñedos tan altos, inmersos en ese típico paisaje de montaña, todo 100% natural es incomparable; sus piedras, arroyos, el aire en ese lugar te reaviva el alma. Disfruto mucho el simple hecho de sólo acercarme hasta ese viñedo”. Escuchando a Germán, me nació la pregunta: “¿cuánto tendrán que ver esas hierbas que me describe con las que percibimos en varias de las etiquetas degustadas?”.



Volviendo al clima, mucho se habló de una zona extrema, con vinos de PH tan bajo, similar al de un blanco, y lógicamente responsable principal de esa alta acidez natural que tanto destacamos. Éste es un atributo fundamental para una larga guarda. A pesar de que, en función de la marcha climática, puede que algunos años resulte muy complicada la maduración, seguramente habrá otros que no, y serán aquellos que seguramente se destacarán por excepcionales. Constancia, precisión en el trabajo, tiempo, y sobre todo catas verticales, evidenciarán en el futuro ello que les comento, estoy seguro.


Varios hablaron de lo importante que es la menor intervención para que el terroir quede expresado de la mejor manera posible. En lo personal, reconozco que yo también me estoy convirtiendo casi en un fundamentalista de los vinos “más desnudos” en pos de poder percibir más claramente su origen. Sin embargo, no dejo de festejar cuando cada productor aporta su interpretación a través de un estilo que va definiendo con coherencia y dedicación cosecha a cosecha. Es entonces cuando mi experiencia como consumidor me ayuda a distinguir esas dos variables, estilo del productor más lugar de origen, que combinadas suman en complejidad, y en ampliar las chances para lograr día a día vinos más especiales, únicos.


En resumen, para que nos distingamos en el mundo, un vino se debe distinguir previamente de su vecino del valle. Eso sí, ante todo respetando la identidad del lugar. Hoy aquí le tocó a San Pablo. Sólo espero yo también en mi relato, aunque simple, haber sido lo más respetuoso posible de lugar; también soy responsable, nunca más convencido de que esto se lleva adelante entre todos.

(*) Las fotos de las fincas pertenecen a Bodega Tapiz, los mapas y el corte de suelo a Familia Zuccardi.





domingo, 30 de julio de 2017

Vertical + vertical, aprendizaje “al cuadrado”



Hace algunas semanas recibimos por segunda vez en Mr. Wines a Roberto de la Mota, enólogo y socio de la familia Sielecki en Bodega Mendel Wines. Algunos recordarán que su primera visita había sido allá por octubre del 2014. Aquella jornada fue sumamente especial para mí, ya que además de que Roberto estuviera visitando en ese momento mi nuevo espacio, nada menos que para realizar una cata vertical completa de Mendel Unus, luego de ello a ese 1 de octubre decidí tomarlo como la fecha de inauguración oficial de mi cueva. Ese día sentí una mezcla de nacimiento y bendición; siempre lo digo: algo que me marcó un camino que decidí seguir a fondo, y que me gusta contar con orgullo, porque suelo tenerlo muy presente.
Recuerdo también que ni bien habíamos terminado aquella primera vertical del blend, uno de los emblemas de la bodega, ante la “desafiante” pregunta de uno de los asistentes, Roberto se despidió afirmando que la próxima vertical debería ser de Mendel Semillon; blanco que en ese momento me gustaba como otros tantos, pero que tampoco lo sentía de la manera especial que sí lo percibo hoy cuando lo degusto. Esto me indica que mi cabeza, gusto o paladar cambió bastante en menos de tres años, porque si bien aquella noche la propuesta de Roberto pintaba más que interesante, debo confesar que yo poco confiaba en que un blanco pudiera conservarse durante tanto tiempo igual de bien, como lo había demostrado el Unus en esa oportunidad, y que pudiera regalarme la misma satisfacción que me entregó ese gran tinto aquella noche.
Desde aquel 1 de octubre corrieron casi treinta meses; no sé si es mucho, pero sí fue mucho el vino que probé y lo que creo haber cambiado. Fueron meses que, por mi actividad, se vivieron siempre intensos; saben de lo que hablo porque junto a muchos de ustedes lo vivo y lo comparto en el día a día. Así fue creciendo mi ansiedad por finalmente poder concretar aquella vertical prometida de semillon. Estimo que, además de empezar a confiar más en una buena evolución, también aprendí como consumidor a disfrutar de otra manera de los blancos, e inclusive de aquellos con más años de guarda; a valorar aquellas sutilezas que aporta el tiempo, y, al igual que con cualquier tinto, también aprender a identificar en qué parte de la curva de su vida está transitando, para determinar si continuar guardándolo para que crezca en botella o no.
Es cierto que hoy en día también ponemos más foco en distinguir los atributos de algunos blancos y la importancia del lugar de donde proviene la uva; en este caso, un antiguo viñedo de 67 años en Paraje Altamira (Valle de Uco), plantado a pie franco. En aquella primera oportunidad, Roberto también se refirió a los cuidados en su elaboración y al desborre previo a baja temperatura sin protección del oxígeno; de esa manera se oxidan tempranamente los compuestos más oxidables, para evitar que lo hagan en el futuro en su guarda en botella. Sólo un 15% del vino está fermentado en roble francés nuevo Taransaud; este último, además, tuvo seis meses de contacto con lías, sabiendo todo lo que aporta en complejidad, a la boca y a la guarda, lógicamente.


Ahora la única incertidumbre que queda es saber cómo fue realmente su evolución. Finalmente el día llegó: Roberto visitó nuevamente la cueva, en primer lugar para cumplir con aquella vertical prometida que se llevó a cabo junto a los miembros de Argentina Wine Bloggers (AWB). Como si ello fuera poco, la jornada no terminó allí, porque hubo una segunda parte en la que los privilegiados fueron algunos clientes y amigos. Para ello Roberto tenía preparada otra vertical, pero de Mendel Cabernet Sauvignon. Ser dueño de casa lógicamente me permitió realizar ambas degustaciones, así que el disfrute fue “al cuadrado”. Con esto quiero expresar que el placer fue mucho más que el doble, porque pude sacar algunas conclusiones extras.
De los semillon probamos las cosechas 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015 y 2016; del cabernet probamos 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014 y 2015. Para ambos vinos, Roberto aclaró que en cada una de las etiquetas siempre se mantuvieron la misma elaboración y crianza. Por ejemplo, la de los cabernet históricamente combinó 1/3 de barricas de diversos usos, de grano fino y siempre con uva proveniente de su finca de Perdriel (Luján de Cuyo). Todas esas coincidencias año a año fueron ideales para comprobar que, si se encontraban algunas diferencias entre cosecha y cosecha, éstas tendrían que ver principalmente con la marcha climática de cada añada en el lugar de origen de la uva, y de este modo asegurarse de que no obedecían a las prácticas llevadas a cabo.
Para ambas catas servimos todos los vinos al mismo tiempo. La idea era que en copa todos pudieran tener la misma ventaja frente a la aireación. Además, es ideal para ver el comportamiento de cada uno en simultáneo.
Arrancamos con el blanco. Todas las botellas se encontraban en perfecto estado, inclusive el 2009; claro que tanto en nariz como en boca, a medida que transcurría el tiempo y subía lentamente la temperatura en el copón, se empezaban a percibir marcadas diferencias. En nariz, las notas de miel, algo de fruta tropical y, sobre todo, la de frutos secos (avellana principalmente) en los más añejos, se iban resaltando en diferentes medidas; todo muy sutil, pero nítido. En boca, en algunas añadas se percibía claramente su destacada frescura y acidez en el paso. Roberto aclaró que eso tiene que ver directamente con años que fueron más fríos, en los que la uva maduró más lentamente. Esos que se mostraron más vivaces fueron los que resultaron más interesantes al panel de cata, y seguramente sean los que seguirán manteniéndose mejor en el tiempo. En cambio, en algunos años más cálidos los aromas me recuerdan más a fruta tropical, pero madura, y cierto dejo a caucho o goma quemada; esa sensación la recuerdo principalmente en la 2014.
Haciendo memoria, algo similar había ocurrido en aquella vertical de Unus que habíamos realizado en el 2014: los años más fríos, de evolución más lenta en el tiempo, se percibían más vivos. A los semillon 2010, 2013 y 2016 los destaco con esa frescura, aunque el 2016 me genera una incertidumbre extra, ya que fue un año muy especial, según los productores, y así lo encontré también al degustarlo: un vino que se apoya más en la tensión en el paso, aportando largo, y con tonos aromáticos que van más hacia los cítricos. Roberto señaló que en esta añada no se hizo maloláctica, con lo cual esa sensación eléctrica en boca se acentúa. En lo personal, la suma de todo eso me encanta y me anuncia mucho futuro. No me gustaría dejar pasar por alto el momento actual de la 2015; a pesar de que no fue un año tan fresco como los anteriores, en boca se mostró muy expresivo, equilibrado, y con una paleta aromática compleja e interesante que combina mucho de lo mencionado, entre la miel, lo frutal y lo floral.
Un consejo que me gustaría darles a los consumidores es lo atractivo que resultan este tipo de blancos cuando se beben algunos grados de temperatura más arriba de lo que se hace habitualmente. Les aseguro que es otra historia cuando empiezan a abrirse en aromas; además de funcionar acompañando algún plato, porque suelen ser bien gastronómicos, también pueden disfrutarse muy bien solos y casi a la temperatura de un tinto liviano y joven.
Al terminar la cata de blancos, acomodamos rápidamente el salón para que ingresara el segundo grupo y comenzar con la vertical de Mendel Cabernet Sauvignon. Ni bien servidas las siete cosechas, lo llamativo fue no registrar de entrada las diferencias que sí habíamos encontrado con los blancos. Tuve que repasar más de una vez cada uno para tratar de encontrar mi preferido y sacar algunas conclusiones. Se me ocurre que, al menos en esta instancia, la variedad dejaba transparentar mucho menos las diferencias entre una añada y otra; posiblemente, los años en botella colaboran para que algunas se puedan despegar y distinguir en calidad.
Entre mis elegidos estuvieron el 2013 y 2015, o bien fueron lo que me dijeron más en la primera impresión. Francamente no pude tomar mucho más registro; imagínense: dos verticales en mi casa, sólo en un par de horas, tratando de no dejar pasar por alto cada comentario de Roberto, mientras lógicamente colaboraba con el servicio.


Pienso en la cata de Unus, blend que, a pesar de tener cabernet sauvignon en su composición, igualmente supo reflejar de manera franca y clara cada año. Quizá sea responsable de ello el malbec, que ocupa el mayor porcentaje de ese corte; mientras que el cabernet, no menos importante, aporta estructura y boca, y por ello resulta fundamental; en síntesis, es igual de efectivo en su función, pero mucho más en silencio.
Feliz, al igual que todos los asistentes, esta intensa y única jornada fue coronada con un petit verdot (PV) que Roberto utiliza en muy bajo porcentaje en el corte de Unus, del cual tiene vinificado como varietal sólo una barrica, y que lógicamente, al ser tan poca cantidad, nunca sacó a la venta. Esta variedad poco a poco me viene enamorando cada día más, y a éste me animo a ubicarlo entre los PV que más me gustaron en mi vida. Tiene una particularidad muy especial, que seguramente colabore para diferenciarlo del resto de los vinos que hay en el mercado con esta cepa: proviene de un clon que Roberto había traído de Chateau Margaux (Burdeos, Francia) allá por la década del 80, cuando poco y nada se sabía de esta cepa por nuestros pagos. Seguramente todos los clones que se importaron posteriormente no tienen nada que ver con éste. El vino proviene de un viñedo actualmente de 17 años, ubicado en Mayor Drummond (Luján de Cuyo) frente a la bodega; posee una crianza en barrica de doce meses, similar a la que se le hace al Mendel Cabernet Sauvignon.

Fue un lujo que Roberto haya traído para compartir semejante joya que sólo entrega 300 botellas al año, y que las conserva guardadas en su cava para compartir con sus amigos en momentos especiales. Desde ahora me hace empezar a soñar que la próxima vertical en la cueva la tenga como protagonista, para que el placer y el aprendizaje se sigan potenciando “al cubo”. 

sábado, 15 de julio de 2017

Mr. Wines Tour: el lugar, las personas y algunas conclusiones (Parte I)


La mayoría de nosotros solemos disfrutar mucho del vino en diferentes momentos o circunstancias, acompañando la mesa diaria, el finde junto a algún menú particular o en acontecimientos más especiales. Lo probamos, y frente a él decimos lo más importante –“me gustó”, “no me gustó”– o, quizás más simple aún, disparamos un “maso”. Podemos profundizar un poco más y preguntar qué variedades de uvas lo componen, si tiene crianza especial o no, de qué zona de nuestro país proviene. Todo eso para retener en nuestra memoria su marca, y así repetirla, para luego recomendarla o no.
Cuando uno avanza en esa relación con el vino, las preguntas empiezan a multiplicarse, y es grande la satisfacción cuando uno comienza a encontrar respuestas y puede asociarlas de manera directa con aquello que está degustando. El tema es que por suerte esas preguntas nunca se acaban; al contrario, se siguen multiplicando. Algo así como “cuanto más entiendo, más descubro, y más placer me da”; al menos eso me pasó a mí.
Como siempre, vuelvo a repreguntar. Entonces aprovecho la visita de un productor a Buenos Aires para “bombardearlo” en un interrogatorio, y que me cuente sobre esa etiqueta que tanto disfruto, como si fuera un director de cine hablando sobre el guión, los actores o el backstage de su película; o tal vez como cuando el chef, además de presentarme su plato, me relata al detalle sobre el origen de cada uno de sus ingredientes. Ese dato tan preciso hace que pueda imaginarlo todo o casi todo, lo cual posiblemente termine justificando la belleza, el sabor, sus sutilezas o hasta incluso su valor.
Cuando uno se introduce en este mundo, tener la posibilidad de conocer el lugar de origen de donde provienen las uvas con que fue elaborado y charlar con quienes participaron o tomaron las decisiones de esa vinificación me completa una buena parte de la película. No digo “toda”, porque tenemos la suerte de que cada año fue, es o será diferente: así es cosecha tras cosecha. Por eso siempre seguiré necesitando de más tiempo, de más viajes, de más gente y lugares por conocer.
Hoy quiero comentarles sobre un viaje de cuatro días en Mendoza, puramente enófilo. Durante más de 14 horas diarias, charlamos con más de veinte productores, probamos más de 120 vinos y recorrimos una docena de fincas. Por supuesto, se me dispararon mil veces más las preguntas que hace 15 años, cuando tuve un momento de mi vida que equivocadamente creí entender algo sobre esta bebida maravillosa, que disfruto cada vez con más intensidad. A medida que uno avanza en edad y experiencia, empieza a disfrutar más a pleno cada momento, tal como ocurre en otros aspectos de nuestras vidas.
Como es habitual todos los años, en el marco del Mr. Wines Tour, junto a un grupo de “amigos muy interesados en el vino” –no hablaré de “enófilos” para evitar que piensen que es cerrado y super selecto–, viajamos a Mendoza con la idea exacta de estar full time visitando a productores sin discriminar en tamaño, aunque los más pequeños suelen ser siempre mayoría.





Por mi actividad laboral (aunque tranquilamente podría decir mi hobby), cargo con varios de estos viajes, que para cualquiera de los casos son lógicamente muy productivos, sobre todo porque me doy cuenta de que cada uno de ellos agudiza mi sensibilidad. No me refiero precisamente al acto de catar, mucho menos al de ser un profesional puntuador. Catar, en este sentido, sería como elegir “Miss Mundo” desde un panel sobre el costado de un escenario iluminado en un concurso de belleza internacional, donde conviven cientos o miles de personas de diferentes partes del planeta. ¿Esto se puede comparar a vivir una experiencia con alguien, cara a cara, más íntima, donde se abre la posibilidad hasta de generar una conexión luego de un sorbo de vino, una mirada, un silencio, en la pureza de un lugar único? ¿Puedo ponerle puntaje a ese momento? Sólo puedo vivirlo, disfrutarlo, relacionarlo y, como es mi caso, luego tratar de contarlo, aunque soy consciente de que nunca me alcanzarán las palabras. Cuando más profundos son los lazos que se generan, más difícil describirlos.
Es así como llego al punto que no puedo pensar en un vino que me gusta, sin pensar en quién lo hizo o de dónde proviene la uva con que fue elaborado. Por suerte entendí que calificar desde la platea es la parte más aburrida de toda la película, y que lo más jugoso es cuando me acerco a vivirla, aunque sea como un actor extra, pero efectivamente estar lo más cerca posible para no perderme detalle.


En el viejo mundo creo que poco se sabe de las personas que están detrás de cada etiqueta. Si bien cada día soy más defensor de que los vinos deben ser lo más representativos del lugar de donde provienen, porque sueño a ciegas poder descubrir dentro de una copa Agrelo, Lunlunta, Los Chacayes, El Cepillo, San Rafael, Chapadmalal o los Valles Calchaquíes, quisiera no perder nunca de vista la interpretación que cada hacedor puede hacer con la uva de esos lugares. No quedan dudas de que el aporte de ellos es fundamental, sobre todo para sumar a más diversidad. Lugar y personas, dos variables que, combinadas de manera sana y genuina, dan un resultado único y positivo.
Esta introducción algo extensa fue más que nada para que conozcan mi manera de pensar y el valor que le doy cada vez más a conocer a las personas y a involucrarse plenamente en lo que uno ama. No voy a dejar de mencionar cada una de las experiencias y compartir imágenes del viaje en una segunda entrada del blog, pero ahora –a continuación– opté por aportarles algunas conclusiones o conceptos más generales, lógicamente todo desde mi humilde opinión.
Con respecto a los vinos, no es novedad que desde algunos años venimos encontrando elaboraciones que han bajado en concentración, en sobremaduración y en uso de la madera, cada vez más moderado. En un principio, lo observamos en los proyectos más chicos, seguramente con intensiones de distinguirse mostrando el lugar; sin embargo, la misma tendencia también se fue trasladando poco a poco a los más grandes y masivos.


Cada día estoy más convencido de que muchas de las tendencias suelen nacer en los proyectos más pequeños, y a medida que van siendo aceptadas por los consumidores, se van expandiendo. Eso es bueno: el chico tiene más chance para jugar, con resultados más rápidos; cosecha a cosecha se pueden reacomodar mucho más rápidamente, a diferencia del que elabora cientos de miles o millones de litros.




Sabemos que también comenzaron a tomar protagonismo los vinos de perfiles más calcáreos, de pronunciada acidez, con esos tonos aromáticos que recuerdan más a aromas frescos minerales que a fruta dulce madura. No lo digo exclusivamente por el viaje, sino que es algo que vengo observando en el último tiempo en el mercado. En lo personal, me encantan esos vinos, pero, cuidado: no sea cosa que así como alguna vez se pusieron de moda los vinos pesados y con roble nuevo, ahora nos vayamos completamente para el otro lado, y el único camino sean los filosos y eléctricos. Equilibrio ante todo: evolucionar, crecer, mejorar, adaptarse a los tiempos que corren, pero sin traicionar el estilo personal y, en lo posible, ser francos con uno mismo y el lugar. Esta última variable marca la diferencia, y no hay que desaprovecharla.
En los pocos vinos que pudimos probar de la cosecha 2017 se percibió la buena maduración polifenólica que algunos productores señalaron; esto tuvo que ver con altas temperaturas en el verano y con un rendimiento natural más bajo. Vinos con buena carga, tanto en boca como en su aspecto y color, de buena acidez, taninos y alcohol. Todos los atributos con generosidad y en equilibrio; en algunos puntos en contraposición a lo que fue la 2016, que dio caldos un poco más livianos, ligeros, de exaltada frescura. No tiene nada de malo percibir esa diferencia en la misma etiqueta de un año a otro. Todo lo contrario: los productores dejaron que se expresaran las cosechas, y eso habla, en muchos casos, de que optaron por no ocultar. Enmascarar es estandarizar. Venimos resaltando que ese no es el camino. Como consumidor, reconocer las características de cada año me ayudará mañana a decidir qué vino elegir para cada momento, para guardar, beber joven, recomendar, etc.




Mientras durante muchos años se plantó malbec y más malbec, y paralelamente a ello se iba cometiendo el crimen de eliminar antiguas plantas con otras variedades, porque parecía que lo único que podíamos hacer era vender y beber malbec, desde hace un tiempo se están volviendo a plantar otras variedades de cepas, algunas con nombres de lo más inimaginables. De hecho, varias de las que tuve oportunidad de probar nunca las había escuchado mencionar. Cuánta riqueza por explorar, cuánto patrimonio perdimos por moda; espero que haya servido de experiencia y no nos vuelva a suceder algo similar.
A diferencia de otras épocas, en las visitas ya no se muestran tanto las salas de barricas como si fueran el capital más valioso de la bodega, o lo más bello. Hoy se pone la mayoría del foco en la finca, en el suelo, y en entender cómo éste se traduce en la copa. En cada región, en cada micro región, en cada parcela, en cada hilera; así de fino es el tema para algunos. Atención: esto recién empieza; los resultados se irán viendo con mayor nitidez a medida que pasen los años. El hombre y el lugar empiezan a relacionarse como nunca antes lo habían hecho; los años, las décadas contribuirán a un mejor entendimiento del terroir.


En este punto, se me mezcla una doble sensación personal. Por un lado, cierta tristeza ante la gran media de los consumidores, que siguen eligiendo únicamente por marca/oferta, y aún están muy lejos de todo esto que estoy comentando. Por otro, la felicidad de poder ser testigo de este proceso, de este cambio que no me quedan dudas de que marcará un antes y un después en nuestra viticultura.

También es constante la búsqueda de nuevos lugares para el cultivo de la vid; seguir subiendo en dirección a la cordillera, donde la combinación de altura, clima extremo, más los diversos suelos que se pueden encontrar en esas formaciones de millones años, pueden generar un cóctel de aromas, sabores y texturas nuevos, muy valioso para seguir descubriendo, profundizando y diferenciándose. En este viaje tuve la sensación de que nuestra geografía es infinita por explorar. Es cuestión de tiempo y de importantes inversiones a muy largo plazo, sobre todo; profesionales capacitados con muchas ganas de descubrir hay de sobra.



Por otra parte, cada vez se valora más que los viñedos sean manejados de la manera más natural posible; además de lo orgánico, algunos empiezan a optar por prácticas biodinámicas. No es que éstas impacten directamente en la calidad del vino, pero sí en propiciar suelos con más nutrientes y, por ende, uvas menos propensas a enfermedades. Algo así como crear las condiciones ideales para que las plantas se desarrollen más sanas, sobre todo en búsqueda de un equilibrio natural.
Algo muy valioso también fue charlar con diferentes productores y darme cuenta de que cada uno tiene su propio “librito”, y que lo sigue a rajatabla. Me encanta cuando defienden y justifican su elección, totalmente convencidos del camino que eligieron para su elaboración, aunque el vecino o aquel colega quizás más exitoso comercialmente vaya por otro. Destaco esto porque recuerdo una época en la que el discurso era muchas veces bastante similar. Hoy por suerte esto no ocurre; y es allí cuando uno encuentra franca relación entre el discurso, el lugar y los vinos, y así podemos tener estilos tan diferentes entre sí. Por ello es que al principio destaqué la importancia de este viaje para poder conocer a cada uno un poco más a fondo.
Productores que conducen diferentes proyectos, y tienen la claridad para que se diferencien bien entre ellos, intentando seguir un estilo, un concepto, y al mismo tiempo sin tener que traicionar el propio. Suena contradictorio, pero no lo es. Imagínense un virtuoso de la guitarra interpretando diferentes géneros; puedo disfrutar de todos, porque me gusta o mejor dicho valoro la música cuando es tocada con calidad, aunque el ritmo pueda ser mi preferido o no.
Uno de los encuentros del Mr. Wines Tour fue en Casa Vigil, previo a una cena. En un principio iba a ser junto a tres pequeños productores, más que nada para probar primicias; pero, al enterarse algunos de sus pares de esta juntada, nadie quiso perdérsela. Así, lo que pensábamos que sería una cata de seis o siete vinos, terminó siendo de 34 etiquetas, repartidas entre diez pequeños productores que orgullosamente dijeron presente. Cuánta alegría se vivió mostrando cada uno su proyecto, compartiendo, opinando, hablando de lugares, de búsquedas, de proyectar juntos: camaradería, inquietud, pasión al mil, cero celos. ¿Se dan cuenta de cuánto potencial tenemos? Estos tipos, la mayoría bastantes jóvenes, no discriminan en cepas, ni en estilos, ni en zona; tal es el caso de algunos de ellos que vinifican partes de sus elaboraciones en el Este mendocino, quienes demostraron su indignación hacia las bodegas más grandes que cada vez más se ocupan de asociar a esa región con el volumen y la baja calidad, y no valorar el patrimonio de algunas cepas muy antiguas. Por lo tanto, si bien para la mayoría el Valle de Uco parece ser la gran vedette, son jóvenes y muy pequeños productores quienes se están ocupando de rescatar aquellas viejas fincas en otras zonas cada vez más olvidadas, y mostrar lo mejor de ellas.



Ellos apuestan a blancos de calidad, pero con otro vuelo, sin apoyarse tanto en la madera, sino más bien en el trabajo de finca, en las tareas en la elaboración (trabajos con lías, pieles, métodos más o menos oxidativos, maceraciones, crianza biológica, etc.) o en la combinación de cepas con diversas características por variatabilidad, momentos de cosecha, o bien porque al provenir de distintos lugares cuentan con diferentes atributos o características. Recuerden la época en que “alta gama” era sinónimo de cantidad de roble; los blancos eran “chardos” untuosos monótonos con aromas a tostados, pocos eran los que podían distinguirse. Hoy el foco se está poniendo en otro lado, por suerte.




Ahora aporto mi experiencia como comercial también. Hay un público que está empezando a valorar mucho estos blancos nuevos que les detallé, y está dispuesto a pagar por ellos tanto como por un tinto de alta gama. Además empieza a ser seducido por la complejidad que puedan adquirir con las medianas y largas guardas. En este punto, aprovecho para hacer una alerta en el tema precios: están ingresando cada vez más vinos importados de diferentes regiones del mundo y de diversas categorías, y para este consumidor que describo, estas etiquetas que cada día son más también cuentan al momento de su elección.
Los asesores internacionales son cada vez menos protagonistas. Evidentemente, nadie mejor que el viticultor local para seguir el desarrollo de la planta durante los 365 días del año. Cada vez se los ve más convencidos de que la base de todo está allí, en su cuidado preciso, en entenderla para obtener de ella lo mejor año a año y de la manera más natural. Aparentemente, el resto después va casi solo.
Algo que ya percibo, pero que me gustaría encontrar más, es que cuando una bodega tiene vinos de dos o tres gamas diferentes, no tenga sólo que apoyarse en cosechar más tarde y usar más madera para el salto cualitativo; se puede ganar en complejidad sin necesariamente apoyarse en la cantidad. Imagino que no es nada sencillo para un productor, como tampoco será fácil para un consumidor comprender o entender que más no es siempre sinónimo de calidad. Si precisamente el camino que estamos buscando es diferenciarse por la sutileza que puede aportar un terroir, eso nunca se podrá distinguir con más concentración. Aquí tenemos que apoyar también mucho quienes comunicamos y vendemos; es un trabajo en conjunto, como la mayoría de las cosas que vengo enumerando, es importante que siempre vayan acompañadas de una buena comunicación, mediante catas o de manera instantánea, simple y directa en redes sociales.
Cuando termina cada viaje, tengo siempre la misma sensación: por el nivel y la experiencia en general, será muy difícil de igualar o superar. Sin embargo, como cada experiencia es única, ocurre que siempre regreso igual de sorprendido, entusiasmado y con la ansiedad de que el tiempo transcurra rápido para ver pronto los resultados de lo que tuvimos la oportunidad de probar en primicia. Comento esto y recuerdo que fueron varios los productores que en el transcurso del viaje –medio en broma, medio en serio– me decían que yo soy muy ansioso, y que en la vitivinicultura se requiere de mucho tiempo, porque los resultados son a largo plazo. Imaginen que de la uva que cosecharon en esta vendimia se verá el vino en un par de años, y luego se necesitarán un par de años más para ajustar las prácticas y así buscar la excelencia. Entender y tratar de mejorar, eso en repetidos e infinitos pasos.



Soy fanático, y seguramente como seguiré sin controlar mi ansiedad, no aguantaré un año para otro tour. Antes que termine el 2017 allí estaré, nuevamente en el lugar, con las personas. Quiero seguir viviendo esa maravillosa película del vino, aunque sea como el último extra.

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