jueves, 1 de junio de 2017

#MiPrimeraVez: una mesa con vino y pan casero


Un antes y un después. ¿Cuántas veces nos pasó que un hecho, una vivencia o una experiencia haya cambiado algo en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestros objetivos? Cada uno de los AWB quisimos compartir uno o varios momentos importantes de nuestras vidas relacionados con el vino y, de igual manera al resto de las movidas que realizamos en conjunto en Argentina Wine Bloggers, decidimos titularlo con un HT (hashtag) para su mejor comunicación en las redes sociales: #MiPrimeraVez.
En el 2000 yo tenía 29 años y, a pesar de ya llevar varios años como consumidor de vinos, hubo un instante, frente a una copa y en un lugar especial, que encendió en mí una pasión especial. Quienes me conocen desde hace tiempo saben muy bien que eso nunca se apagó, sino más bien todo lo contrario: aumentó de manera exponencial. Puedo confirmarlo hoy, cuando ya transcurrió bastante tiempo desde aquel momento en que empecé a tejer eso con esta bebida que tanto amo.
¿Cómo olvidar #MiPrimeraVez, si fue en un sitio por donde muchos de nosotros dimos nuestros primeros pasos degustando vinos? El Club del Vino (CDV), aquella antigua casona de la calle Cabrera en el Barrio de Palermo, ¿se acuerdan? Cuando Palermo todavía no estaba minado de tantos bares, turistas y fashion, y aquella considerable propiedad de Cabrera al 4400 era un destino fijo, si no era por el vino o el restaurant, era por algún grosso de la música: era habitual que tocaran figuras como Horacio Salgán, Ubaldo De Lío, Néstor Marconi o Juanjo Domingo. Recuerdo que, cuando entrabas, a la derecha había un wine store vidriado con botellas hasta el techo; me llamaba la atención que había muchas con varietales absolutamente desconocidos para mí en ese entonces. Ahí nomás te encontrabas con el típico patio de las “casas chorizo”, escaleras, ventanas, pasillos, puertas alrededor, con algunas mesas junto a una antigua fuente iluminada en el centro; al fondo, el restaurant, la barra en el wine bar sobre el otro costado y varios espacios más. También recuerdo con detalle aquellos panes caseros que te servían cuando pedías alguna copa. El lugar era bello por donde se lo viera; cada vez que llegaba para una presentación o charla, les juro que sentía que respiraba vino, que había descubierto mi lugar en el mundo. Además de aprender, no había una vez que no regresara a mi casa feliz, lleno, y contando los días para ver cuánto faltaba para la próxima fecha.
En una de esas tantas degustaciones que solían hacerse con bastante frecuencia, recuerdo la presentación de una selección mensual del vino Patrón Santiago 1999, perteneciente al productor Manuel López López. Para ser más preciso, el evento se había realizado en el cafe concert del Club, un espacio más grande destinado a los espectáculos musicales de primer nivel, que en esta ocasión fue reservado precisamente porque esa etiqueta pertenecía a una “Selección Especial Limitada” y, por ende, se daría cita más público del habitual. No puedo recordar junto a quién compartí esa noche aquella pequeña mesa, pero sí tengo registradas todas las sensaciones que pasaron por mi mente con la primera nariz y el primer sorbo de aquel cabernet. Maduro y pesado en boca, provenía de unos viñedos de más de veinte años de Villa Seca Maipú, zona de Mendoza particularmente más cálida, aunque en aquella época no se ponía tanto foco en las regiones, mucho menos en el clima ni en el suelo; su concentración me sugería que podría contar con muchos años de guarda; sus aromas me recordaban a jalea de membrillos, confitura, algo especiado.
Percibir una enorme paleta aromática en ese momento me anticipaba que había un mundo nuevo por descubrir. Ese vino me había justificado por qué era una selección especial, y reconocí claramente ese salto cualitativo con respecto a lo que solía beber. Me refiero a algo que, hasta que no se identifica y se transforma proporcionalmente en placer, no nos permite ampliar el presupuesto destinado para una botella. Ese vino justificaba su precio hasta el último peso, incluso teniendo en cuenta que su costo era más del doble al que estaba habituado a pagar. En ese momento se me despertó una necesidad aún mayor de probar y probar para seguir descubriendo, disfrutando y sobre todo aprendiendo: esas tres necesidades que hoy siguen compitiendo entre ellas con la misma energía de aquella primera vez.
En un momento, las degustaciones del Club dejaron de ser suficientes para mí. El intento de buscar algún grupo de cata ya armado para acoplarme fue un fracaso: había muy pocos y eran menos aún los que estaban dispuestos a abrirlo a un principiante y desconocido. Así fue que empecé a convocar gente allegada interesada en probar vinos, para, de ese modo, armar mi propio grupo. Cuantos más interesados juntaba, más etiquetas se podían probar en menos tiempo; comencé con la familia y amigos, pero no me alcanzaba. En aquella época Internet y el ForodelVino.com.ar me ayudaron a conseguir entusiastas con las mismas ganas y necesidades de probar que yo. De ese modo empecé a meter desconocidos en mi pequeño departamento de la calle Hidalgo, los domingos a la mañana, para probar vinos a ciegas; tampoco podían faltar los panes caseros, en sus diversas variedades, que trataban de replicar a los del CDV, aunque amasados por mí. Llegué a moler el trigo, guardar masa madre y blendear harinas para sentirlos únicos; todo para que seis, ocho o diez nicks del foro, de quienes no conocía casi nada, se ubicaran alrededor de aquella pequeña mesa de mi comedor y dedicaran un par de sus horas a no hablar más que de vino (nada de fútbol, mujeres o política), sólo de vinos.
Recuerdo el segmento de precios de los vinos que degustábamos en esos años: rondaría entre los 20 y 60 pesos. Imaginen que esas reuniones comenzaban tipo 10:30 hs de la mañana, en un espacio que no superaba los 8 m2 y el speater para escupir estaba aún muy lejos de llegar a nuestras vidas. Su ausencia fue directa responsable de que aquellas reuniones siempre terminaran “bien arriba”, previo al almuerzo dominguero, que cada uno continuaba con sus respectivas familias.
Más gente, más vinos, más encuentros. Mejorar en servicio, pulir el procedimiento en la cata, sacar conclusiones, discutir, evaluar RPC, sumar gente, empezar a utilizar frappera para tirar el vino que nos iba quedando en la copa. Es sabido que cuanto menos alcohol consumamos, más afinado podemos tener los sentidos, y así podemos sacar conclusiones más precisas. También descubrí cómo, tapando las etiquetas de las botellas al momento de probar, marcas nada conocidas sorprendían a ciegas en calidad. Mientras tanto, una pasión que no paraba de crecer: cursos, los primeros viajes, empezar a conocer actores importantes de la industria, y más presentaciones, ferias, etc. Hasta con los compañeros de cata más cercanos tuvimos el coraje o, mejor dicho, el atrevimiento de sacar varios números de una publicación gráfica de distribución gratuita en vinotecas, puramente de vinos y no masivos, que se llamaba Cataciegas.
Cuando se despierta esa pasión por el vino, siempre está latente el sueño de poder vivir o trabajar relacionado con él. Lo comento porque en aquella época yo lo sentía así, y sé que hoy en día muchos pueden estar atravesando esa sensación, ese deseo, como un sueño que parece absolutamente lejano, que se vive como una de las tantas fantasías que uno presume que nunca se cumplirán. En mi caso se moldeó de una manera especial, impensada en aquella época, pero se hizo realidad. Finalmente, luego de tanto insistir, pudo llegar a mi vida; no sé si fue Dios, el apoyo de mi mujer, o el resultado de que siempre me moví en forma desinteresada pero con pasión y perseverancia. O todo eso junto. Lo cierto es que, después de muchos años, la vida me regaló la posibilidad de trabajar con él. En un principio, diría que sólo era media jornada, porque tenía otra actividad que también me demandaba el resto del día y la necesitaba sí o sí para vivir y, sobre todo, para alimentar a aquella otra actividad que tanto ansiaba y que necesitaba crecer.
Hoy estoy puramente dedicado al vino: entre mi comercio, las presentaciones propias y de terceros, puede que llegue a compartir días de 16 a 18 hs, pero que lejos están de agotarme. Si estuve cada día de mi vida durante quince años soñando este instante, sería un desagradecido a Dios si así lo sintiera. De pibe, mis padres siempre me enseñaron lo importante que era tener laburo y cuidarlo; ahora me estoy dando cuenta de que mis viejos sólo me hablaban de laburo y nunca de guita. Ahora lo entiendo.
Entremedio de todo eso, no faltaron momentos aparentemente menores, pero que creo muy importantes para mí, que también me gustaría compartirlos porque creo que vale la pena que los conozcan. Uno, porque resultó fundamental en estos años y el otro, porque puede que resulte algo raro cuando se los cuente.
Empezaré por el segundo. Recién en los últimos cuatro años empiezo a encontrar en nuestro mercado el estilo de vinos que más me gustan. No niego de haber disfrutado y aprendido mucho durante los quince anteriores, pero quizás esa haya sido la cantidad de años que necesité para entenderme a mí mismo. O tal vez fueron los productores quienes al mismo tiempo fueron encontrando su camino hasta comprender qué vinos los representarían mejor. ¿Cuánto cambié yo y cuánto nuestros vinos? ¿Qué pensaré en el 2030? El vino cambia, crece, y si yo me dedico al vino, también evoluciono, al igual que los productores.
Me doy cuenta de que necesito que haya cambios, por supuesto, siempre para mejorar. No puedo ver dos años seguidos la misma película. Cada vez que pruebo una nueva añada, pienso en la anterior del mismo vino; más allá de la marcha climática del año, que puede llegar a afectar o a influenciarlo en diversos aspectos, me detengo en el productor: si es inquieto por mejorar, los resultados siempre son positivos. No falla. De un lado, productores inquietos que evolucionan, y, del otro, aquellos que siguen un molde que en algún momento pudo haber sido exitoso, pero, como el confort no es bueno, y la monotonía de tomar siempre lo mismo tampoco, ese éxito que alguna vez pareció seguro tiende a diluirse cada vez más rápidamente. Recuerden que todos cambiamos.
El otro momento, muy valioso también, fue aquel en que descubrí qué camino quería seguir dentro de este mundo: trabajar en relación con el vino puede ser amplio, ya que se abren una infinidad de posibilidades (comercial, marketing, servicio, docencia, periodismo, turismo). En mi caso hubo sólo uno que, sin querer, descubrí y me enamoró, el único, y no lo pretendo cambiar porque confío que es mi lugar. Me refiero, precisamente, a los proyectos más pequeños, a su comunicación y a su comercialización, aunque esas palabras suenen grandes, frías y poco sensibles hoy para mí. Prefiero o me conformo con decir “empujarlos”, así como cuando uno le da una mano a un tipo que se quedó con el auto, está en subida y en el primer instante no hay nadie para darle una mano.
Descubrirlos, entenderlos, caminarlos a la par de sus productores, verlos nacer y sobre todo crecer. Hacerlos llegar a nuevos consumidores, acercar nuevos consumidores al vino. Y mientras tanto contarlos, si es mano a mano, mucho mejor. Llevarlo lo más cercano a una charla de amigos, porque el vino es eso: abrir mi mesa a que sean muchos los que los puedan disfrutar. Un antes y un después, así los espero, en persona, para que nuestro próximo encuentro sea esa primera vez que siempre se renueva.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Datos personales

Mi foto
Fernando// 15 4171 8019 fernandovinos@yahoo.com.ar