jueves, 8 de febrero de 2018

"La búsqueda por el sello propio"


Una de las partes de mi trabajo que más disfruto es cuando puedo seguir bien de cerca cada uno de los proyectos que recomiendo y comercializo. Verlos nacer, ser testigo de cómo crecen a medida que pasan los años, cómo se van poniendo sólidos y empiezan a ser más reconocidos entre los consumidores, y así van definiendo un camino. Sobre todo, disfruto de confirmar cómo lo que uno charla con cada productor se condice con las sensaciones al momento de degustar sus vinos; una relación que suele ser directa y que percibo cada vez con más frecuencia.

Cada día son más los productores que, más allá de desarrollar un proyecto que lógicamente pretenderá ser sustentable desde lo económico, ante todo privilegian la búsqueda del vino que sueñan, en vez de quizás optar por la comodidad de lo que podría ser un estilo puramente comercial. Así los llamo a aquellos vinos con un gusto más estándar, esos que cuando los pruebo me dejan la impresión de una película que ya vi y sé cómo va a terminar.


Hace algunos meses tuve la posibilidad de encontrarme con dos de esos pequeños productores que sigo con mucho placer. Quizás, observándolos de lejos, por sus orígenes o estilos, parecieran tener pocas cosas en común, pero esta actividad de constantes degustaciones y, sobre todo, de largas charlas me permite percibir todo lo contrario.

Tanto a Ale Martorell de Altupalka como a Mariana Onofri de Onofri Wines los conocí hace algo más de dos años, en sus comienzos y con apenas un par de etiquetas en sus respectivos porfolios. Cada uno por su lado, con un solo día de diferencia, eligieron la “cueva” para compartir respectivamente su primera vertical de tres añadas. Si bien este tipo de prácticas sirven para mostrarme el fiel reflejo del trabajo del hacedor y de lo que pudo haber influenciado el clima en cada año, también me deja una idea de lo que vendrá o hacia dónde va cada proyecto. Algo que siempre encuentro –y acostumbro a repetir– es que con los productores que trabajan y se ocupan por mejorar, todo lo nuevo siempre tiende a superar a lo anterior. Esto es lo que siento con Ale y con Mariana.

Recuerdo que en octubre del 2014 probé el Altupalka Malbec/Malbec 2013 en la plaza de Cafayate, acompañando unas empanadas en uno de esos tours enófilos que me llevó a los Valles Calchaquíes. Eso me motivó, ni bien regresé a Buenos Aires, a armar una reunión con Martorell, para conocer su historia. Así supe que optó por la altura de Molinos como el lugar de donde proviene parte de la fruta que utiliza para sus vinos y que para el asesoramiento en su proyecto eligió nada menos que a Roberto de la Mota. También conocí el entusiasmo que se le transluce cuando le toca hablar de su región. Por todos estos motivos, desde aquel momento siempre me interesó seguir de cerca sus lanzamientos. 
El viernes 8 de diciembre de 2017 volví a tener el placer de recibirlo en la cueva, esta vez con la idea de probar todos los vinos que llegaron al mercado hasta el momento, junto a algunos que están por llegar, y así fue que degustamos las siguientes etiquetas.

De la línea Altupalka Sauvignon Blanc (SB), 2014, 2015 y 2016 (recién salido al mercado):
Los SB de esta región de altura suelen destacarse por ser exuberantes, herbales, con ciertas notas más vegetales que recuerdan a espárragos, arvejas, que los hacen muy especiales y que claramente los diferencian de cualquier otro SB de altura de nuestro país. Como dice un periodista amigo, poseen un encanto que los hacen únicos entre los SB del mundo. Esas notas las encontré algo exacerbadas en el 2014; mientras que en la 2015, si bien estaban presentes, compartían más la paleta junto a algunas notas melosas, quizás de evolución, y frutales, que lo balanceaban. El 2016 lo encontré como el más equilibrado; tales aromas se percibían un poco más moderados: un vino más sutil y claramente más fresco. En lo personal, fue el que más me entusiasmó y creo que tendrá una buena vida en botella durante los próximos años.


De la línea Altupalka Malbec-Malbec, 2013, 2014 y 2015:
Esta línea combina malbec de dos zonas que por sus diversos atributos y características se complementan de manera excelente: Cafayate y Molinos. Quizás por ello no necesitó crianza en madera para entregarnos potencia, carácter y taninos. Lo más importante para mí es que posee una atractiva buena frescura. Aunque encontré un 2013 con cierta evolución, me resultaron mucho más interesantes los momentos que están atravesando las añadas más nuevas.


De la línea Altupalka Extremo, 2011, 2013, 2014 y 2015 (aún no está a la venta):
A diferencia de la anterior, esta línea sí posee unos 14 meses de crianza en barrica de roble, combinando diferente cantidad de usos. La percibo mejor cuando carga con algunos años en botella. Hoy es la 2013 la que está pasando un gran momento. La 2015, que saldrá aproximadamente en un año, creo que tiene un potencial y un equilibrio que prometen mucho; me arriesgo a anticipar que superará a las anteriores: a estar atentos.

Aún no habían pasado 24 horas de la visita de Ale, cuando el sábado 9, bien tempranito, recibí a Mariana Onofri, a quien cuando la conocí en el 2014 me había presentado solamente dos etiquetas: un dúo especial que lo componían un Pedro Ximénez (PX) de Lavalle (Zona Norte de Mendoza) y un blend blanco de alta gama, que combina fruta de Agrelo y Valle de Uco. Recuerdo que en aquel momento los cortes blancos con potencial de guarda todavía no estaban tan en auge como en el último año y medio. Era atípico debutar con una dupla de estas características, o al menos parecía muy difícil en términos comerciales. Sin embargo, en lo personal, ese comienzo me hablaba de un proyecto más que prometedor: me anticipaba el desafío de una productora que elige no caer en la comodidad que les comentaba al principio. No pasó mucho tiempo para que se le sumaran dos tintos criados en barrica: un cabernet franc y una garnacha. 


En esta nueva ocasión, Mariana aprovechó para volver a visitar la “cueva” y ahora sí mostrar sus tres primeras añadas del PX y un nuevo bonarda, también proveniente de Lavalle, que se suma a la línea Alma Gemela. Los vinos de la degustación con Mariana fueron los Alma Gemela Pedro Ximénez, 2015, 2016 y 2017.

Sensación de pureza, frescura y –por qué no– “seductora simpleza” en su expresión. Creo que el 2016 está transitando su mejor momento. El 2015 aún posee un poco más de peso y ganó complejidad en boca, algo llamativo porque no era un vino pensado para la guarda. Mariana me recordó que sólo en esa añada tuvo un pequeño aporte de crianza en barrica y evidentemente hoy le está dando una linda complejidad. El 2017 es exquisito, con esa tensión en boca que me hace acordar más a vinos de zonas frías, y no de un desierto de constantes altas temperaturas como es Lavalle. Vale aclarar que se trata de una zona siempre asociada a vinos de volumen, al igual que el Este mendocino. Mariana contó con detalle los minuciosos trabajos en el viñedo para conservar la acidez natural en la uva. 


Una sensación similar me dejó el nuevo Alma Gemela Bonarda 2017, bien seco y fresco, de taninos firmes, aún un tanto rústicos, que se redondearán en poco tiempo. A pesar de ello, hoy también me entusiasma: es el típico tinto gastronómico que no busca protagonismo, pero que puede adaptarse a diversos tipos de platos, especialmente de esos que nos acompañan diariamente. Este bonarda nació para acompañar al PX, y creo que nunca mejor elegido ese compañero, porque son dos de las cepas más plantadas en nuestro país, que lejos están de destacarse como variedades ideales para alta gama. Sin embargo, Mariana sabe sacar lo mejor de cada uno de esos jugadores, así como cuando un DT elige el puesto ideal donde el jugador se siente más cómodo, para lograr el mejor rendimiento de cada uno.

Para sus tintos de mayor gama, eligió acertadamente fruta de una zona de mayor altura, como es Los Chacayes (Valle de Uco). Allí nacen el Alma Gemela Garnacha 2016, que se destaca por poseer mayor estructura que las que actualmente hay en el mercado, y el Alma Gemela Cabernet Franc 2014, el cual conserva una vivacidad que lo hace parecer más joven. Eso me habla de la buena evolución que va a seguir teniendo ese vino, que además percibo bien seco. Para cerrar, probamos el Zenith Nadir 2015, un blanco que posiblemente se ubique entre mis diez preferidos. Cuenta entre sus componentes con un 35% de fiano, que creo que aporta un papel importante en la evolución en botella, sumando algo graso y buen desarrollo en el paso por boca.

Mariana busca en el desierto del norte mendocino y trabaja artesanalmente junto a Adán, viticultor y “su alma gemela”, como suele presentarlo ella. Ambos cuidan de manera especial planta por planta, para protegerla del sol y así conservar la mayor acidez natural posible. Mientras, tratan de revalorizar el patrimonio acumulado por los años de esos antiguos parrales de la zona de Lavalle.


Ale desafía la altura extrema de Molinos, lugar que ya conocemos por el carácter único que imprime la región, donde se cosecha “cuando la naturaleza lo permite”, ya que es precisamente durante los meses de verano cuando el agua de deshielo baja de la montaña y resulta un obstáculo en un momento clave como es la vendimia. Hace cuatro años decidía debutar con un desafiante SB, a pesar de que también tenía plantado torrontés, pero desde su nacimiento –por lo visto– ya aspiraba a diferenciarse.

Ambos siempre están buscando y evitando la zona de confort. Precisamente es eso lo que los distinguirá de sus pares cuando probemos sus vinos y encontremos aquello que los hace especiales. Algunos suelen decir que las personas pasan y los lugares quedan, pero ¿qué pasaría si no existieran estos emprendedores de empuje, de constantes desafíos? En definitiva, ellos son los que se esfuerzan para lograr lo mejor, o al menos lo que interpretan que será lo mejor. Me pregunto cuántos, en el mismo lugar, abandonarían ante el primer tropiezo, o se les agotaría la paciencia esperando aquel vino que tampoco nadie les asegura que algún día llegará.

También me pregunto qué sería de mí, consumidor, comunicador, vendedor y entusiasta del vino, si no pudiera compartir la cantidad de horas, experiencias y copas que me regalan cada uno de estos productores. Seguramente mi trabajo sería aburrido, o tal vez tampoco hubiera llegado a elegirlo como tal, si me faltara esa “pata” que al menos para mí resulta crucial. Ni hablar de cuánto menos tendría para contarle a quien viene a mi “cueva”, que precisamente prefirió el “mano a mano” para conocer la otra parte de ese vino que tan especialmente eligió para beber.

La diferencia está en poder interpretar hasta que mis propios umbrales me lo permitan, o poder encontrar además aquello que logra conectar a otros sentidos, a un momento, al corazón. Los umbrales se pueden mejorar con la experiencia de probar y probar, pero para la conexión se necesita que siempre haya historias de personas involucradas.

Mientras tanto, me voy volviendo cada vez más fundamentalista de conocer a las personas y sus lugares. Estos últimos, por suerte, en nuestro país cada vez son más, y afortunadamente van entregando características de las más variadas. Por su parte, celebro a las personas que buscan, las del trabajo de hormiga, las de los resultados a largo plazo, las que piensan que la mejor cosecha es la que está por venir. Brindo por ellos, que trabajan para dejar una huella, por moldear un sello propio, para distinguirse. Hoy me tocó contarles sobre Mariana y Ale; por suerte estoy tranquilo, porque el grupo que más me gusta y elegí cada vez está más grande.































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